PARADOJA
Ninguno, o casi nadie, desea morir, aunque todos sabemos que es un hecho, el más drástico y misterioso, que sobrevendrá el día menos pensado, para terminar de golpe con todo aquello que hemos, pensado, querido, padecido, gustado, visto, aprendido, odiado y amado. He dicho que casi nadie desea morir porque hay algunas personas que en contra del instinto más básico si que lo quiere, Santa Teresa de Jesús, San Pablo y el más famoso de todos Ramón San Pedro, son un claro ejemplo de ello. Todo lo que hemos venido a convenir que es la vida, esto que experimentamos con cada célula de nuestro cuerpo, desaparecerá de delante de nuestros sentidos para no volver nunca más o quizás, si es que existe un más allá, para transformarse en otro mundo de otros sentidos y de otras realidades. De hecho creo que morirse no nos gusta nada aunque ninguno tengamos esa experiencia personal que, además, es, junto con el nacer, la segunda cosa que sólo se hace una vez en la vida. Vista desde esta perspectiva, la muerte es una indeseable, una desagradable fea y pelona con la que nadie quiere bailar y que, no obstante, todos acabamos abrazaditos a ella bailando el último vals. Pero puestos a elegir una forma de morir la mejor elección sería, sin duda, como víctima de un atentado terrorista, ya que todos los ciudadanos tenemos subscrita una póliza firmada por el Estado, nada menos, que garantiza a nuestros familiares una indemnización muy cuantiosa. Ni una caída de un andamio, ni un atropello, ni un arrollamiento de tren, ni siquiera un buen accidente aéreo (como el del Yacovlev), es comparable a la bomba terrorista, esa sí que es una buena manera de pasar a mejor vida (llamémosle distinta ya que no sabemos como es), porque además de matarte lleva premio. Este hecho convierte a los ciudadanos en víctimas de distintas clases, asesinados de primera, de segunda e incluso de tercera categoría dependiendo de la indemnización a la que tengan derecho. A este fenómeno indemnizatorio actual que deja entrever la enseñanza del popular refrán “las penas con pan son menos”, se le han ido añadiendo muchas y variadas víctimas procedentes de los más diversos sucesos. Desde el atentado terrorista, hasta el caso de Dolores Vázquez (condenada por un juicio popular antes que por un jurado) pasando por el Síndrome Tóxico (aceite de colza desnaturalizado) o el caso Prestige. Ahora, a este carro, se subirán los hijos de las mujeres asesinadas por su pareja, es decir víctimas de violencia de género, que reclamarán ayudas más sustanciosas de las que están establecidas para el resto de los huérfanos. Lo cual a mi no me parece justo. Lo suyo sería que cualquier victima tuviera derecho a una indemnización independientemente del tipo de accidente o de evento accidentario y si el resultado es la muerte debería ser de la misma cuantía para todos. Ahora, que puestos a indemnizar, ¿por qué no se dan ayudas a los enfermos que mueren a causa de lo suyo antes de cierta edad? Por ejemplo los 65 años, edad esta en la que la persona es aun productiva y la sociedad pierde un trabajador no solamente un ciudadano. Indemnizar, indemnizar que la vida se va a acabar. Al fin y al cabo ¿el dinero es nuestro? Más indemnizaciones y menos Polaris World.

